10.17.07
Una noche de leyenda
Eran las 5 de la tarde del 6 de octubre. Íbamos en el carro y mi estómago ya me revoloteaba. Hacía más de 10 años que esperaba este momento. Los Héores del Silencio habían regresado sólo para darnos gusto a aquéllos que no pudimos disfrutarlo en su momentos y para deleitar nuevamente a los que sí. Todo era un mar de gente con playeras negras casi todos, uñas pintadas del mismo color y la emoción del concierto.
Tardamos en llegar al estacionamiento y para acabarla, el vidrio de atrás no subía. Iba con mi novio y otro amigo y sólo rezábamos porque el vidrio se arreglara; después de un momentito de angustia mi niño lo logró y nos fuimos a la entrada del Foro Sol. No sé si era la prisa de entrar y las ganas de ya estar ahí, pero el recorrido parece que lo pasamos volando. Y por fin llegamos, en algún lugar entre un montón de gente parada, estaba el hermano de mi amigo, apartándonos un espacio cerca del escenario. Apenas estaba oscureciendo y el cielo gris con uno que otro relámpago parecía decirnos que iba a llover… a nadie le importó. Ahí estabamos muchos parados, otros sentados en el suelo para descansar la jornada, los vendedores vendiendo de todo menos la preciada chela que ese día costaba 4 veces más cara y que teníamos que esperar hasta una hora antes del concierto.
El tiempo se nos fue entre bromas, anécdotas y lo último para ponernos al día. De repente todo se apagó y el grito de “Héroes, Héores!!!” ya retumbaba en el lugar. De repente volteo y veo abarrotado el Foro Sol, ya no cabía nadie. Es así que los acordes de “El estanque” se oyeron, la voz de Enrique Bunbury hizo vibrar las gargantas y todo empezó. Los aventones, el sudor, los brincos y gritos nos hacían una masa amorfa moviéndose a la voluntad de los pasos de Bunbury. A nadie le importababan los pisotones ni el calor de toda la gente junta, era un momento que habíamos esperado por mucho y que nos transportó por un momento al pasado. Las canciones más representativas sonaron: Deshacer el mundo, Héroe de leyenda, La carta, Opio, Apuesta por el Rock and Roll entre otras. El tiempo pasaba lento, rico, como cuando uno come un pastel por pedacitos para no acabárselo tan pronto. De pronto, en la punta del escenario en forma de “T” emerge la batería y los demás se acercan a ella para quedar casi enfrente de mi. Los vi a todos, sentí la música en el corazón y el estómago, todo mi cuerpo retumbaba y vibraba por la emoción y el ritmo.
Se veían lágrimas esporádicas en algunos de los presentes en tiempos distintos, tal vez, porque cada canción les llegaba más a unos que a otros. Entonces me tocó a mi cuando oí los acordes “No más lágrimas”, de repente el tiempo se regresó y volví a tener 17. Llevaba unas botas de minero a media pantorrilla, con agujetas amarradas a mi pierna, un pantalón de mezclilla y una camisa a cuadros negra con rojo, amarrada a mi cintura, una playera negra y mis cabellos del mismo color con los labios café chocolate (Ah! cómo me gustaba ese color). Estaba en mi cuarto oyendo esa canción que algún incosnciente me dedicó porque se sentía culpable de algo que nunca supe. Y cuando volví al concierto, me di cuenta que lloraba no tanto por el motivo de la dedicación ni por quién lo había hecho, sino porque por uno segundos me vi a los 17 otra vez y sentí nostalgia de mi, de ver todas las cosas que pasaron en esos 10 años y cómo en ese momento tomé consciencia que sólo por esa noche, volvía a tener 17.
El grupo seguía tocando y yo los veía de abajo hacia arriba como si no creyera que pudiera estar ahí. Vi miles de luces de celulares y encendedores brillar, fuego prenderse en el escenario, papeles de colores caer en mi cara, estuve en los brazos de un hombre maravilloso mientras oía las canciones del grupo que tanto me marcó.
Cuando el grupo regresó por última vez, encontré a mi amigos que por un rato perdí entre la bola. Sudados, cansados y felices nos juntamos otra vez para oír “En los brazos de la fiebre” y todo acabó mientras veíamos como niños, callados y con los ojos hacia arriba, los fuegos artificiales que acababan con la noche.
Después las luces se prendieron y entre un arcoiris de papeles de china tirados, nos tomamos las fotos del recuerdo.
Atravesamos el Foro Sol para llegar al carro, ahora con los pies pesados y el ánimo tranquilo, fuimos al estacionamiento sientiendo que el camino era más largo que cuando llegamos.
Y así, con el amor de mi vida abrazándome todo el tiempo, fui adolescente por un ratito nada más, esa noche de octubre.